Apodos en el futbol americano

Apodos

Apodos

Si bien es cierto que el nombre que escogen los padres para sus hijos los define, también lo es cuando un compañero de equipo o alguno de tus entrenadores decide rebautizarte, al menos parcialmente, durante los entrenamientos y los juegos.

El problema es que usualmente trasciende tu apodo sobre tu nombre, al grado tal que 20 años después te encuentras con algún excompañero de equipo, y sucede lo siguiente:

–     Hey, ¿qué onda?

–     Tanto tiempo, ¿cómo has estado?

–     Bien, bien, ¿y tú?

Luego sucede una pausa incómoda, hasta que el más valiente –seguramente defensivo- rompe el silencio:

–     Yo bien, mi estimado “Peter Pan”.

–     Jajaja, hace mucho que no me decían así.

–     Güey, es que no me sé tu nombre.

–     Ni yo el tuyo, mi estimado “Hammer”.

El asunto de que un apodo te sea dado, y con dado me refiero a que te lo imponen, es que tiene siempre una historia detrás, alguna anécdota, o de plano habla de alguna virtud o defecto, según sea el caso; lo que siempre sucede es que el mote hablará por ti y de tu historial como jugador, sea que hayas sido muy bueno o muy malo, tu apodo hablará por ti.

Hay algunos muy obvios, que designan, sin pudor alguno, una característica física como “el Nalgón”, “el Garrocha” o “el Cojo”.

Otros hacen referencia algunas cualidades más escondidas como “el Chayanne”, “el Peluches” o “el Galletas”.

Luego están los compuestos como “el Gacela Embarazada” o  “el Coreguard”.

Los más simples son los que hacen alusión al equipo anterior con el que jugaste: “el Jaguar” o “el Toro” o “el Águila”.

Quizá entre los más creativos están aquellos que esconden una historia de éxito o de fracaso, que resultan más interesantes por el enigma que esconden y que motivan a la banda a preguntar: “¿Por qué te decían así?”, y sin escapatoria uno se ve obligado a responder; algunos como estos pueden sonar más o menos así: “el Temblador”, “el Trampas”, “el Excusas”, “el No Pude Venir” o “el Sincasco”.

Y no pueden faltar los de origen: “el Tingüindín”, “el Culichi” o “el Sonora”.

Por supuesto, pues se trata de futbol americano y no hay jugador que se queje de bullying, están los apodos hirientes, pero que resultan divertidos: “el Vaca Echada”, “el Muerto” o “el Suelos”.

Quizá los menos frecuentes sean los motivadores, algo grandilocuentes pero afectivos y con cierta admiración, entre estos podemos contar con “El Montana” o “el Emmitt” o “el Seau”.

Lo interesante de los apodos es que parecen ser una suerte de alter ego que no sólo te renombra, sino que también te da un lugar en la comunidad a la que perteneces; tal vez algunos sobrenombres no son tan elocuentes o gratificantes, también los hay los exagerados o los muy serios; pero en general me da la impresión que sirven como una especie de acto tribal, de marcar la pertenencia —cuando llegas al equipo y te vuelves parte del mismo—: el que te bauticen es una forma de incluirte, es la manera de llamarte “Toro Sentado”, es tu nombre de superhéroe, te da identidad, y en la mayoría de los casos es una forma de decirte que has sido aceptado, y que, desde ese día en adelante, puedes portar orgulloso tu apodo, pues desde entonces se te conocerá por tu sobrenombre.

Así que bienvenido al club, ¿y a ti cómo te dicen?

Imagen vía Flickr por el usuario Odín Fotografía – CC BY.

Acerca de Sibrian Arciniega

Jugó futbol americano con Ocelotes de la UNIVA, de 1998 a 2006. En el mismo equipo, fue entrenador ofensivo en categoría juvenil.
Es Lic. en Psicología. Poeta y promotor cultural. Fue entrenador de tocho bandera en el equipo de Tigritas en Guadalajara, Jalisco.

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