Mi primer partido de tocho

Safety de Tigritas haciendo la tacleada

Safety de Tigritas logrando una tacleada

Recuerdo los días en que lo único que sabía del futbol americano era que se trataba de un deporte en el que una multitud de hombres se golpeaban por motivos que honestamente no entendía, y claro, mucho menos sabía que algún día jugaría mi primer partido de tocho.

Admito que mi memoria es mala y he olvidado algunas cosas de ese primer partido, pero la sensación, esa no se me olvida. Fue cuando tenía quince años. Una de mis mejores amigas me convenció (con convencer me refiero a que prácticamente me obligó) a entrar al nuevo equipo de tocho bandera femenil de su preparatoria, que se estaba formando luego de que recientemente se había conformado un equipo de futbol americano varonil.

Ahora le agradezco que me forzara, digo, invitara, a jugar tochito. Tal como mi amiga influyó en mí, también lo hizo con algunas otras amigas y compañeras de la escuela, y se formó el equipo. Así empezó todo, sin saber nada de lo que era el tocho asistimos al primer entrenamiento.

Mis tardes después de clases se convertirían en correr hasta quedar fatigada —por mi mala condición, bueno, en realidad, todas estábamos donde mismo en lo que a condición física se trataba—  y hacer ejercicios extraños y de una exigencia física a la que no estábamos acostumbradas —me refiero a esos que provocan dolores musculares por más de una semana—.

El coach nos enseñó a correr, a hacer trayectorias, a cachar un balón, a realizar jugadas. No sé cuánto tiempo pasó exactamente, pero creo que fueron sólo algunas semanas después de haber iniciado los entrenamientos cuando tuvimos nuestro primer partido de tocho: era un domingo soleado de otoño, ellas de rojo y nosotras de blanco, y por supuesto, yo con el estómago revuelto y los nervios de cuando estás a punto de hacer un examen. Así inició el partido.

Lo que recuerdo es que todo era confusión, pues estoy muy segura de que ninguna sabía qué estaba pasando, no sabíamos cuándo entraba la ofensiva, cuándo se tenía que patear, en qué momento debíamos salir, pero los nervios, un partido seguramente prematuro y ser novatas nos justificaban.

Todo se sentía improvisado: el coach nos daba indicaciones desde la banda con esa particular desesperación y euforia que todos los coaches tienen —algunos la ocultan y otros la desbordan, el nuestro se inclinaba más a la segunda—. El equipo estaba fuera de control, no sabíamos cuando era primero y diez, y claro, los castigos parecían no tener fin, porque no estábamos alineadas, o porque salíamos antes que el centro, y por tantos otros errores.

En aquel entonces yo jugaba en la posición de corredora, aunque recuerdo que no avancé ni una sola yarda, tal vez por eso ahora no juego esa posición (aunque ya no soy tan mala).

Como era de esperarse, nos pusieron una arrastrada; bueno, éramos un equipo totalmente novato con jugadoras que en su vida habían jugado tochito y, sí, literalmente nos pusieron una arrastrada: a Karla, no recuerdo en qué posición jugaba (ella tampoco lo recuerda), la arrastraron en el intento de quitar una bandera: por alguna extraña razón se quedó varios segundos colgada del cinturón de su contrincante mientras la ofensiva seguía corriendo (les apuesto que piensan que quitar una bandera de tocho es cosa fácil e inofensiva, Karla, y cualquier jugador(a) puede explicarles que no es así); así como se imaginan la escena de graciosa, así fue: Karla arrastrada por la ofensiva en un intento, fallido, de tacleo.

Al final, nos detuvieron el partido con marcador 36—0.

Debo decir que hace bastante tiempo que no nos paran un partido por un marcador devastador, y ahora ya sabemos qué ocurre en cada juego; jugamos diferentes posiciones y, claro, eso que no conocíamos, ahora nos apasiona.

Sin embargo, algo que no ha cambiado desde el primer partido de tocho son las ansias de jugar, la emoción que trae cada juego, aún los gritos del coach y, en ocasiones, esos nervios de cuando estás a punto de empezar un examen; y, siempre, la satisfacción de estar en el campo. Creo que eso no va a cambiar.

Acerca de Paola Morán

Paola es estudiante de artes visuales para la expresión fotográfica en la Universidad de Guadalajara (CUAAD). Desde el 2010 juega tocho bandera. Y tiene gusto por la escritura narrativa. Colabora como blogger en Yarda35 desde el 2013 y trabaja como promotora y fotógrafa deportiva en Artefacto, agencia cultural.

Comentarios

  1. Gerardo dice:

    Así es Paola, el primer juego es el difícil, después el cariño y respeto a este deporte se hace mas grande conforme los vas jugando, felicidades!!

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